Mari Carmen Muriel, Aljaraque en vena

Abogada, profesora y portavoz de VOX en Aljaraque, Mari Carmen Muriel Márquez huye del ruido y guarda con celo su intimidad. Si está en política no es por ambición ni por proyección, sino por lo único que de verdad la mueve: su pueblo, su familia y su gente

Por: Ana Hermida

Me citó en su casa, en el corazón de Aljaraque, a un paso de la iglesia de los Remedios. Nos sentamos en el patio, frente a la pequeña piscina, y mientras charlábamos, su marido iba y venía pendiente de que no nos faltara un refresco y de mover las sombrillas cada vez que el sol se atrevía a molestar. Ese gesto, que en aquella casa es de lo más natural, cuenta ella con una sonrisa, resume bien cómo funcionan: él le facilita la vida a ella igual que ella se la facilita a él, sin machismos ni feminismos, como un equipo. Y aunque nos conocíamos desde hacía años, desde que entró en política, nunca habíamos tenido ocasión de charlar tanto rato. Entré a hacer una entrevista y, ya lo adelanto, salí de allí con la sensación de llevarme una amiga.

Mari Carmen, al otro lado de la mesa, en un momento de la entrevista con Punto Cero.

Mari Carmen vino al mundo en un hospital de Huelva capital hace 41 años, y ese es, en realidad, el único vínculo que la une a la ciudad, porque ella es aljaraqueña hasta el tuétano, de abuelos de Aljaraque y de raíces que se hunden en el pueblo generación tras generación. Creció en aquel Aljaraque entrañable del «¿y tú de quién eres, niña?», y ella respondía desgranando la retahíla de apodos de su familia hasta que, por fin, alguien lograba colocarla en el árbol de todos. Hija de Muriel y de Mari Carmen, se crió en una de esas casas de pueblo con la abuela en el bajo y las familias repartidas por los pisos de arriba: enfrente del casino, en la calle Punta Umbría, con sus padres en una puerta, su tía en la otra y la abuela abajo, sosteniéndolo todo. Todos juntos, muy juntos, viviéndose la vida unos a otros.

Su infancia la recuerda feliz, la de la única niña entre primos varones, criada en la calle y en la plaza de los naranjos muy unida a su amiga Rocío, hija de la maestra doña Justi. Con los años, aquella compañera de juegos se convirtió en una hermana, tanto que hoy ambas son madrinas de sus respectivos hijos. Habla con nostalgia de aquella crianza compartida, de una época «mucho más generosa» en la que los vecinos eran familia y la vida se hacía en común: «Tú tienes Coca-Cola, y yo estoy haciendo macarrones, lo sacamos todo y comemos juntas». Sus recuerdos más queridos apuntan al patio de flores y el corral de su abuela, a aquel jugar a las cocinitas «con garbanzos y arroz de verdad», a aquellos veranos en el campo durmiendo la familia entera en «un suelo que casi había que parcelar con una tiza para que cupiéramos todos». De ahí, dice, le vienen los dos valores que mueven su vida y que hoy intenta sembrar en sus hijos: la familia y la amistad. «Todo lo demás es pasajero.»

Fue una estudiante brillante en cada etapa de su vida, desde el colegio hasta la universidad. Formada siempre en Aljaraque, se licenció en Derecho en Huelva con matrícula de honor y premio extraordinario, y aún no había terminado la carrera cuando un catedrático se fijó en ella y le abrió las puertas de la Universidad, donde empezó a dar clase con apenas 23 años. Fue ese mismo profesor quien la empujó a cursar un máster en Sevilla, en el Instituto de Estudios Cajasol, uno de esos que ella jamás se habría atrevido a plantear en casa por su elevadísimo coste, y que acabó cursando, contra todo pronóstico, gracias a una beca que se lo pagó por completo. Porque cuando el talento empuja, la vida termina abriendo la puerta.

Para entonces, Juanjo llevaba ya años en su vida. Y de qué manera, porque están juntos desde los 13, y ha sido su único amor. Se conocieron como se conocían los niños en el pueblo, coincidiendo en la misma pandilla: «Empiezas con una tontería de críos y, sin saber muy bien cómo, un día echas la vista atrás y llevas casi treinta años con él; no hay un solo capítulo de mi vida en el que Juanjo no aparezca». Lo cuenta con una madurez preciosa. Cuando eliges tan joven a una buena persona, dice, no te limitas a quererla: creces con ella, forjas tu carácter a su lado, os hacéis el uno al otro. Y aun así, después de tantos años, «te sigue sorprendiendo día a día». En él, confiesa, no ve solo a un compañero de vida, sino al testigo de todo lo que ha vivido.

Como a Juanjo le ofrecieron unas prácticas en Sevilla y a ella la beca del máster, se marcharon juntos y allí echaron siete u ocho años. Tras finalizar el máster ejerció de abogada en uno de los despachos más prestigiosos de Andalucía, dedicando algunos años a los servicios jurídicos del BBVA. En 2012 pasaron por el altar, después de varios años «viviendo en pecado», bromea. Y aunque para entonces llevaban años juntos, asegura haberse casado con muchísima ilusión, por puro romanticismo y por un anhelo muy suyo: prometerse ante la Virgen de los Remedios, del brazo de su padre, que la llevó hasta el altar. Al año siguiente, en 2013 llegó Valeria, y en 2016 Juan José, para completarlo todo.

Y fue precisamente esa hija la que le hizo dar un vuelco a su vida. Un día, una compañera del banco le dijo «qué pena, que estás aquí en Sevilla solo por trabajo», y aquella frase le removió algo por dentro. Porque lo cierto es que, desde que vivían en Sevilla, no había un solo fin de semana que no volvieran a Aljaraque, al calor de los suyos. Y ella lo tenía clarísimo: quería que su hija se criara con sus primos, sus abuelos y su gente, en Aljaraque, como se había criado ella. Así que, para asombro de sus compañeras («tú eres muy valiente»), dejó el despacho de Sevilla y regresó.

De vuelta, montó su propio despacho de cero, junto a su compañera y amiga Diana, justo en el boom de las cláusulas suelo. Fueron años de trabajo intenso como autónoma, «nos fue bien», recuerda. Y fue en plena vorágine cuando llegó su segundo hijo. Se ve todavía dando charlas con su hijo Juan José recién nacido y salir corriendo a darle el pecho entre una y otra. Había mucho trabajo, sí, pero también mucho desgaste, y esa sensación constante de no estar atendiendo a sus hijos como ella querría. La conciliación, sentencia, sencillamente «no existe para las autónomas». Fue su amiga Rocío quien le lanzó la idea de opositar. «Cuando me lo planteó, lo vi como una montaña imposible de subir», confiesa. Pero la fue subiendo pasito a pasito: primero el máster de docencia, después la oposición, que aprobó aunque se quedó sin plaza. Vino entonces un año agotador, yendo y viniendo diariamente a Dos Hermanas, en Sevilla, hasta que por fin logró su plaza en Huelva.

Le apasiona el Derecho, «me gustan mucho las leyes», pero reconoce que la abogacía, con su lógica de ganar al contrario, nunca terminó de encajar del todo con su manera de ser, porque en ella pesa más el construir junto a otros que el vencer a nadie. Por eso ha encontrado en la docencia su verdadero sitio: una labor que ejerce con enorme diligencia y responsabilidad, muy consciente de la importancia de la semilla que se planta en los jóvenes.

A día de hoy, y pese a llevar años sin vestir la toga, sigue colegiada como no ejerciente, incapaz de renunciar del todo a aquel sueño que un día hizo realidad y a aquel cargo que juró, emocionada, con su abuela Adela como testigo.

Pero no todo en ella es esa serenidad de quien ha encontrado su sitio. Reconoce un defecto que la persigue desde siempre y que le pesa más de lo que parece: es perfeccionista hasta el extremo, en todos los ámbitos de su vida. Esa exigencia sin tregua, la de quererlo todo bien hecho, bien atado, bajo control, es también su mayor fuente de desasosiego, porque la vida se empeña en recordarle que no todo se puede tener siempre perfecto ni controlado. Y ahí, en ese pulso imposible, es donde más sufre.

Su llegada a la política fue, como casi todo lo suyo, sin buscarla. Un conocido de entonces, Miguel Ángel Sánchez Cuéllar, hoy compañero de partido, le preguntó si podría contar con ella en el futuro si él se decidía a poner en marcha un proyecto político en Aljaraque. Ella lo pensó, lo habló con su familia y, cuando llegó el momento, aceptó. No entró en política por ambición, insiste, sino por vocación social y por amor a su pueblo. Se presentaron a las elecciones municipales de 2023, con ella como cabeza de lista, y lograron un resultado que los sorprendió. Hoy es portavoz de VOX en el Ayuntamiento, en la oposición, un éxito que atribuye entero al equipo, a la lista y a sus vecinos, nunca a ella.

De la política, lo que no soporta es el reproche personal y la crispación, esa que hoy lo enrarece todo y que, a su juicio, complica las cosas de manera innecesaria. No entiende el conflicto por el conflicto, ni estar en política con afán destructivo. «Yo soy persona conciliadora, de consenso, y llevo mal ciertas actitudes». Vive este tramo final del mandato, que acaba en mayo, con cierta nostalgia, la de ver que la legislatura llega a su fin, pero también con la satisfacción serena de quien siente que ha aprendido muchísimo y que ha trabajado por su pueblo de manera cómoda y eficiente, codo con codo con sus compañeros de grupo.

Habla de sus ideas sin complejos y con ganas de desmontar etiquetas. Se declara orgullosa de sus convicciones, que resume en «sentido común», y rechaza de plano los sambenitos que, dice, les cuelgan por las siglas. «Racista jamás en mi vida; ni homófoba, por Dios; ni machista, nada de eso.» Al contrario, se reivindica defensora de las mujeres y respetuosa con cualquiera, sea cual sea su cultura, su religión o su forma de vida: «Yo respeto a cada persona por ser persona». Lo suyo, insiste, no va contra nadie, sino a favor de una igualdad real ante la ley; de hecho, reclama, como trabajadora y como madre, la conciliación de verdad que ella nunca tuvo.

Pero para conocer de verdad a Mari Carmen hay que salir del pleno y asomarse a lo que le late más adentro, y ahí aparece, imponente, una devoción que le viene de cuna: la de la Virgen de los Remedios. La mamó en casa, con un padre costalero de toda la vida que llegó a ser mayordomo, y ella heredó esa fe y la vive con pasión, hasta el punto de haber sido pregonera de la Virgen en 2018 y de cantarle hoy desde el coro. La romería es su gran locura: Lleva 19 años montando su reunión, la que formaron muy jóvenes con quienes son familia, sus amigos Mari y Manuel. Esta reunión, hoy es más grande, y a ella se han incorporado sus amigos Cinta y Jesús, que le han ayudado mucho en su andadura política.

De ser pregonera guarda uno de los recuerdos más emocionantes de su vida, porque entiende el pregón como una confidencia a la Virgen: por eso quiso contarle hasta lo más íntimo, el nacimiento prematuro de su hijo y los miedos vividos de dos embarazos difíciles, que había ensayado entre lágrimas en secreto. Que el pueblo entero la arropara aquel día lo recuerda como algo precioso. Su manera de entender la fe, más como punto de unión que como frontera, la resume bien: «La Virgen de los Remedios no es solo religión; es convivencia, amistad, familia».

Mari Carmen sostiene en el salón de su casa el recuerdo de su pregón, al lado de una imagen de la Virgen de los Remedios.

Y luego está la Mari Carmen de puertas adentro, mujer de mil inquietudes. De toda la vida ha jugado al baloncesto, y a sus 41 años sigue entrenando, deseando volver a la cancha en cuanto se recupere de una rotura de menisco. Le apasiona el baile flamenco, muy unida a Nani y a su hija Esperanza, «una pequeña familia» a la que quiere muchísimo. Es una incansable de las manualidades, «como ves, Ana, yo no me aburro». Pero, por encima de todo, su gran afición es ser madre, «una faceta que sin duda es un pozo sin fondo», y que lo llena todo. Sus momentos de felicidad son los pequeños: cuando los niños llegan del colegio y comen todos juntos hablando de lo humano y lo divino, y cuando estos se acuestan y ella se queda a solas con Juanjo, compartiendo «el descanso del guerrero».

Nos conocíamos desde hacía años, desde que ella entró en política, pero nunca habíamos tenido ocasión de charlar tanto rato, de conocernos de verdad. Y sucedió lo que a veces, con suerte, sucede: que entré en aquella casa a hacer una entrevista y salí con la sensación bonita de llevarme una amiga nueva. La de una mujer brillante y sencilla a la vez, perfeccionista hasta el sufrimiento y cálida hasta el abrazo, que lo ha tenido casi todo (una carrera envidiable, una plaza, un cargo) y que, sin embargo, lo resume todo en tres palabras que repite como un credo: su pueblo, su familia y su gente.

Compartir
Scroll al inicio