La niña que jugaba en el fango mientras el barco de su padre esperaba viento

Hija de marinero y mujer de marinero, Dolores sabe como nadie lo que es querer a un hombre que pertenece al mar. Se casó con esa soledad por delante y crió casi sola a cinco hijos mientras Manuel buscaba el sustento embarcado. El hambre de la posguerra la hizo fuerte, pero nunca acabó con su sensibilidad ni con su ternura hacia los demás

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Por: Ana Hermida

Eran las ocho de la tarde y la puerta de la calle la tenía abierta de par en par. Dentro, sentada en su salón, estaba Lola esperándome mientras daba buena cuenta de una tarrina de helado del Mercadona de medio litro. Medio litro, sí. A las ocho de la tarde. Con 84 años que cumplirá en noviembre según la cuenta de casa.

Lo primero que hace uno al verla es calcular mal, y lo segundo es preguntarle por su analítica al verla entusiasmada con la tarrina del helado en una mano y una cuchara grande en la otra. “Naaaa, estoy perfecta… tengo un poquito de colesterol, y ya está. Nada que no arregle una pastillita por la noche”, concede, con el tono de quien confiesa una travesura menor. “Mi marido igual que yo, tampoco tiene casi de na. Un poquito los bronquios, por llevar toda la vida en la mar”.

Lola nació en Punta Umbría en 1941, al terminar la guerra, en una caseta de la calle Fragata. Nació un 15 de noviembre, pero en su DNI figura el 12 de diciembre. El motivo es que aquí no había dónde registrar a los nacidos, y mientras su familia debatía dónde se iba a inscribir su nacimiento, pasó cerca del mes.

En el Punta Umbría de aquel entonces había casetas para los lugareños, “y algunos chalés de la gente con dinerito que venía a veranear”, nos cuenta Lola. Las casetas tenían en común unos patios grandes y un pozo del que no se bebía en el centro. En cada uno de aquellos patios se criaban un montón de niños. “La que menos tenía, había parido seis”, recuerda. Su madre parió nueve veces, todas en casa. El primero se murió con seis meses de edad. Lola fue la segunda, y por tanto la mayor de los ocho que quedaron: tres hermanas y cinco hermanos.

Ser la mayor en aquellos tiempos tenía un significado muy poco romántico. Su padre trabajaba con un barco de vela, y “un barco de vela con poco viento o viento en contra es un barco que no sale, y un barco que no sale es una casa que no come”, razona. Así que su madre, sin más remedio, se iba a servir a las señoritas que venían a veranear. Había que alimentar muchas bocas en casa. Mientras la madre de nuestra protagonista iba a lavar, a limpiar, o a lo que hiciera falta en las casas donde servía, Lola se quedaba al cargo de sus siete hermanos siendo aun una cría.

Al colegio no fue nunca. Ni un día. Lee un poco porque se enseñó ella sola siguiendo los rótulos de la televisión, pero claro, estamos hablando de muchos años después. “¿Aprendiste sola?”, le pregunté sorprendida. “Sí, sí… Yo sola, yo sola”, repite, y en esas dos palabras hay más orgullo y voluntad del que cabe en un título universitario.

Pasó hambre. Lo dice sin dramatismo y sin rodeos.

Entre sus recuerdos de infancia se encuentra ella, rodeada por todos sus hermanos en la playa cogiendo todo lo que podían coger para vender allí mismo, en la orilla, a los compradores que esperaban con las cajas. En invierno subían a por leña y buscaban “la zurrapa del carbón porque, mezclada con ceniza, la copa aguantaba más rato el calor”.

Recuerda Lola que en aquel patio de la calle Fragata también se criaba un niño, casi cuatro años mayor que ella, llamado Manuel Albarracín Díaz. Lo recuerda trabajando desde muy chico: “Bajaba a la plaza Pérez Pastor y se plantaba allí a esperar a que atracara la canoa con los señoritos para llevarles las maletas a cambio de una peseta”.

Lola lo veía todos los días pero no le prestaba la menor atención. “Yo lo veía como un muchachillo de vivir al lado”, dice. A Manuel no le gustaba ella, ni a ella él, “ni el asunto llevaba camino de ninguna parte” dice Lola.

Manuel era, y sigue siendo, “un hombre callado y tranquilo hasta la exageración”, resume ella, que no gasta diplomacias. “Muy callado y muy bueno. Aquí la que quema soy yo…

Y luego, por si el retrato hubiera quedado torcido, lo endereza de un golpe: “Mi marido ha sido siempre, para que tú me entiendas, un pedazo de pan”.

La cosa amorosa empezó una Navidad. Salió la pandilla y él, cosa rara, salió también. Al volver para casa, Manuel le preguntó tímidamente si tenía frío. Ella le dijo que un poco. Y entonces aquel muchacho de pocas palabras se quitó la chaqueta y se la puso por los hombros. “Uy, este”, pensó Lola sin abrir la boca. Tenía diecisiete años y él veinte. A los pocos días de aquel gesto, él marchó a la mili.

Desde el cuartel le dejó a su cuñada una carta declarándose para que se la entregara. Lola le dijo que no. Pero él volvió a escribir. Ella volvió a decir que no. La razón de aquel no era estrictamente conversacional: “Yo estaba acostumbrada a los chavales que hablaban conmigo y este niño no hablaba apenas”. Manuel, que de tonto no tenía un pelo, mandó un último aviso: si no se arreglaba con él, no escribía más. Y ahí, cuando ella vio las orejas al lobo, empezó a prestarle atención…

Lola le contestó. Le acompañó con sus cartas durante toda la mili. Las escribía una amiga. Ella no sabía leer ni escribir.

Al padre de Lola el noviazgo no le hacía mucha gracia. Pero Dolores, mujer de carácter y de ideas claras, lo despachó con una sentencia que bien merecía estar grabada en mármol en la entrada del pueblo: “Mi padre no iba a comer con la cuchara que yo cogiera. Porque él cogió la cuchara que quiso. Así que yo cogeré la que me dé la gana”, cuenta entre risas recordando aquel golpe de carácter.

Estuvieron cinco años de novios. Cinco. “Pero de novios guardando las distancias, ¿eh?” Se casó en mayo de 1964, a las doce de la mañana, con 22 años, con su corona y su pulsera de azahar, que en aquel tiempo era una declaración pública de pureza. Guapísima, según la gente.

De la noche de bodas prefiere reírse, porque el destino le gastó una broma pesada de las suyas. Cinco años habían aguantado con una pared de cal y canto entre los dos novios, y la pared, cabezona como ella, no quiso caer la noche que tocaba: se hizo de rogar unos días más. Veinticinco años después, en las bodas de plata, el destino repitió el chiste palabra por palabra.

Los primeros años de matrimonio los vivieron en una caseta de la avenida Andalucía, “en un terreno que dio el Forestal para levantar viviendas” explica ella. Por fuera, chapa pelada. Por dentro, el reino de Lola: “la forramos entera, hasta el techo, y teníamos hasta la despensa alicatada”, cuenta orgullosa. Que la casa fuera de hojalata era lo de menos.

Manuel trabajaba en la mar, y la mar mandaba. Embarcaba por 15 o 20 días. Volvía dos o tres. Y se iba otra vez. Dolores lo cuenta con guasa, pero debajo de la guasa está media vida resumida en una frase: “Venía de la mar, me hacía un chiquillo y se iba”.

Tuvieron cinco varones: Antonio, Manuel Jesús, Agustín, Diego y el Migue. Al mayor lo tuvo a los 13 meses de casarse. Al pequeño, con 43 años.

La calma y la pólvora: Manuel y Lola, cómplices después de toda una vida juntos.

En el parto de Antonio, el mayor, la atendió doña Irene, la matrona. A Agustín, que nació con cinco kilos, lo tuvo en su propio dormitorio, y “también me lo cogió doña Irene”. Pero con Manuel Jesús no hubo tiempo para nada: doña Irene estaba de baja y hubo que llamar a la matrona que venía de Aljaraque. Cuando llegó, el niño ya estaba fuera.

Los dos pequeños los tuvo en una clínica de Huelva, y ahí hay otra broma del destino. Después de tres partos a pulso, Lola decidió que iba a experimentar aquello que tanto sonaba por aquel entonces: el famoso parto sin dolor. Era caro. Carísimo. Con Diego funcionó de maravilla: se durmió y despertó con el niño en la cuna. Pero con Migue, después de haber pagado la dolorosa cuenta, cuando llegaron a la clínica con los primeros dolores, supieron que el ginecólogo tenía el coche averiado, mandaron a Manuel a buscarlo y eso hizo, pero Migue llegó primero. Sin anestesia, sin médico. “Qué pena de dinero”, dice todavía hoy, y aún se ríe con una carcajada de más de 40 años de antigüedad.

Pero por debajo de todas esas anécdotas hay una frase que ella suelta casi de pasada y que es en realidad la columna vertebral de toda su vida: “He parido sola. Mis hijos malos, y yo sola. Mi hijo en quirófano con una peritonitis, y yo sola. Un terremoto fortísimo, y yo sola con mis dos mayores”.

Su marido se pasaba la mayor parte de su vida en la mar. “Me arreglé con un marinero sabiendo perfectamente lo que suponía. A cambio de mi soledad, a mis hijos y a mí nunca nos ha faltado de nada”.

En este curioso matrimonio, Manuel es la calma y ella la pólvora, y en esa distancia cabe toda la felicidad de los dos. Él, que siempre prefirió el sosiego de su casa a cualquier fiesta, jamás le arrebató a ella una sola oportunidad de disfrutar a su manera. Nunca la retuvo. Se ha pasado 62 años facilitándole a ella la calle que a él no le pedía el cuerpo. La dejó ser.

Ella misma explica el reparto de fuerzas de este binomio perfecto con una franqueza que no admite réplica: “Más me he enfadado yo que él. Manuel, en 62 años, no me ha dicho ni una mala palabra. Ni una. Y si discutíamos en la cocina y aparecía alguien, los dos nos callábamos de golpe y él se hacía el tonto. Nadie nos oyó nunca discutir. Mis hijos han visto el ejemplo de esta casa. Y ellos son iguales. Respetuosos y muy buena gente”.

Pero como ninguna vida cabe entera en la parte alegre, la de Lola guarda dos heridas que no se cierran.

La primera herida es su hermana, a la que ella llama “mi Bella”, que se fue con 33 años por causa del tétanos. Su madre, que ya andaba delicada de salud, se marchó detrás al poco tiempo: “Mi madre se fue del dolor de mi hermana”.

La segunda pena la lleva puesta, literalmente. Me la enseña: es su Juan Antonio, su nieto, que se fue con 22 años en un accidente y le dejó un vacío que no se llena. Lola llevaba por aquel entonces 18 años cantando en el coro de los pensionistas. Dejó de ir aquel mismo día y jamás volvió. Lo tiene retratado en el salón y lo lleva también en una medalla sobre el pecho, para tenerlo siempre a un palmo de su corazón.

Después de hablar de sus heridas, hace una pausa muy corta, se recompone y dice: “Pero bueno, la vida sigue y hay que seguir tratando de no perder la sonrisa”. Ese es su modo de estar en el mundo: mirar siempre hacia delante. Por ella y por todos los suyos.

Hoy, disfruta sabiendo que sus cinco hijos están sanos y cerca, y que cada uno ha construido su vida a su manera. A todos ellos les dio la oportunidad de estudiar: los que quisieron, estudiaron; los que no, hicieron lo suyo, y a ella todo le pareció bien. Pero de lo que de verdad presume es de otra cosa: “Mis hijos son buenos. Nadie ha llamado nunca a mi puerta a ponerme una queja de ninguno”, dice orgullosa.

Aunque Lola se define como una mujer afortunada y feliz, reconoce que le duele el mundo. Es una mujer sensible al mal ajeno, incapaz de ver sufrir a alguien y quedarse de brazos cruzados, o de girar la cabeza para mirar hacia otro lado, y esa sensibilidad la ha repartido entre sus hijos sin darse cuenta. Se ve en el chiringuito Enebral: Agustín y Migue, los dueños, tienen empleados a dos hermanos senegaleses por los que se han volcado hasta conseguirles una vida digna, peleando sus papeles en Madrid o viajando a Senegal para que abrazaran a su madre, entre otros muchos gestos de solidaridad y entrega aprendidos en casa.

Es creyente. Reza todos los días. Es devota de la Virgen del Carmen, la patrona de los marineros, “la que cada 16 de julio baja la cuesta y se mete en el agua para acordarse de los que no volvieron”, dice Lola emocionada, aunque ella aclara que le pide a casi todos los santos por sistema. Y lo que pide es siempre lo mismo, y lo pide con una fórmula antigua y preciosa: “Pido salud para mis hijos y para todos los míos, pido que los miren siempre con ojos de piedad”.

Lola se muestra en general muy satisfecha con su vida. Nunca trabajó fuera de casa, “ni mocita ni casá”, y nunca le faltó un duro en la suya. “Gracias a Dios, y a la Virgen del Carmen, no debo nada a nadie y puedo morirme tranquila sabiendo que a mis hijos no los van a llamar para reclamarles nada que yo haya dejado sin resolver”.

Cada día se levanta a las siete o a las ocho, porque no soporta estar despierta en la cama. No desayuna hasta las diez y media, y lo hace con poca cosa: un poco de leche y un rosquito del Mercadona. Pone la lavadora todos los días. Friega. Hace las camas. Y luego se mete en la cocina, su pequeño paraíso, donde guisa para dos personas cantidades dignas de un convite de boda.

Al chiringuito de sus hijos apenas va, por una razón que la retrata entera: “me parece indecente ocupar una mesa comiendo mientras otros aguardan turno para sentarse”. Sus hijos se llevan un disgusto cada vez que la oyen decirlo. Pero ella es un poco doña erre que erre… (Nadie dijo que fuera perfecta).

El resto del día está en la calle, porque la calle le encanta, “y hablar todavía más”, dice entre carcajadas. Conoce a todo el mundo y todo el mundo la conoce. Alguien le puso hace tiempo “Lolita la de los brillantes”, por la copla, y el mote llegó para quedarse.

Frente a su casa vive Eva, su vecina y amiga, que la ve salir cada mañana. “Todo el mundo la quiere. Es una mujer muy alegre”, dice, antes de ir al fondo: “Vive para y por sus hijos y su marido. Que no les falte de nada”. Pero esa cercanía no es todo miel sobre hojuelas, porque Eva también la riñe: se pasa el verano diciéndole que no salga a comprar con la calor de la mañana, y Lola, en eso y en tantas otras cosas, es tan incorregible como testaruda. La prueba definitiva la cuenta con la gracia de un chiste: “Si Lola te pide un diente de ajo, no vale darle la cabeza entera. Se lleva el diente. Uno. Ni uno más”, zanja.

Con su cuerpo está contenta, le sirve para todo. El único achaque que recuerda es el dolor de una rodilla por causa de una artrosis. Le plantearon ponerle una prótesis, pero como le dieron la opción de probar antes un tratamiento con células madre, pues lo cogió. Su cuerpo respondió de maravilla a esa novedosa terapia, “y mira cómo ando ahora, bien deprisa, casi corriendo”. De aquellos primeros dolores se acuerda hasta con guasa. Cuenta que su marido le compró un carrito para que se apoyara y “el pobre trasto lleva años criando polvo”, dice divertida. Lo usó dos veces pero le daba vergüenza salir con él. “Punta Umbría está llena de carros, hay más carros que coches. Pero vamos, que aunque no me guste, cuando no haya más remedio, pues carro”.

Su secreto de belleza, que es la pregunta obligada cuando uno tiene delante a una mujer de 84 años sin arrugas y con una luz en la piel que deslumbra, resulta ser el más barato del mercado: lavarse la cara mañana y noche y ponerse una crema con protección solar antes de salir a la calle. Y también, por supuesto, una vida entera de tres negativas: “Jamás he fumado. Jamás he trasnochado. Jamás he bebido. Yo creo que ahí está la clave de nuestra salud, aunque imagino que también la genética tendrá algo que ver”.

Lola junto a su Virgen del Carmen en la puerta de su casa.

Sus hijos, a pesar de estar acostumbrados a ver en Lola una mujer imponente, fuerte y bella, no dejan de valorar lo que ha sido y lo que sigue siendo. Preguntamos a Agustín por ella y no dudó en responder, con pocas palabras como su padre pero con mucha pasión como Lola: “Mi madre, para nosotros, es el alma guía. Un ejemplo a seguir”.

Cuando salí de su casa ya era de noche. Ella se quedó en la puerta, mirando cómo me alejaba, y me lanzó, medio en broma medio en serio, la despedida más suya que pudiera esperar: «No vayas a escribir mucho de mí, que te busco y te doy«.

No he podido obedecerla. Perdóname, Lolita.

Al salir de su casa sentí la necesidad de acercarme hasta la plaza Pérez Pastor, para tratar de imaginar cómo allí, hace casi 80 años, un niño callado cargaba maletas por una peseta. Ese niño es el que hoy la espera dentro de casa, en el sillón, con una sonrisa y sin decir nada, mientras ella, en la puerta, con toda la luz de Punta Umbría en la cara, habla con las vecinas que disfrutan cada día de su simpatía, su sabiduría y su belleza.

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