Noelia Melara restaura el patrimonio onubense por oficio y, por necesidad propia, devuelve nombre y biografía a las mayores que la ciudad ha dejado de ver
Siempre de perfil. Siempre mirando a la izquierda, hacia lo que ya pasó. Así nacen las Pepas: mujeres mayores de papel y collage, con la nariz alargada, el cuello girado, adornos imposibles sacados de una caja de tesoros y collares hechos con frutas recortadas de un folleto de supermercado. Cada una llega con su relato manuscrito al lado —nombre, apellido, una escena mínima, un recuerdo—, porque su autora se niega a que sean solo dibujos bonitos.
Detrás está Noelia Melara Sánchez, restauradora. De día trabaja el patrimonio de esta tierra: cuatro años en el Monasterio de La Rábida, colaboraciones con la Universidad de Huelva, yacimientos en Palos, Aroche, El Eucaliptal. Llegó desde Extremadura en el año 2000 y durante mucho tiempo sintió la ciudad como algo ajeno, hasta que fue precisamente el oficio de cuidar lo de aquí el que la hizo pertenecer. Restaurar fue su manera de echar raíces.
Las Pepas nacieron de esa misma pulsión, pero por otro camino. Ve a una mujer en la calle y se enamora de cómo camina, de cómo respira, de cómo viste. A veces pide permiso. A veces roba la foto con timidez. Y luego la transforma hasta que sale a la luz. Le gusta la arruga, la piel fina, el brazo descolgado, la carne suave de la edad. Lo dice sin ironía y sin pose, en una cultura que trata el envejecer como una derrota: quiere que esas mujeres no desaparezcan, que sigan ocupando su sitio en la parada del autobús, en el banco, en el grupo de amigas que se hace un selfi con los pendientes de colores puestos.
El universo se le fue de las manos en una residencia de El Conquero, donde había ido a buscar voluntarias. Al principio hubo pudor. Después se animaron. Y entonces los hombres protestaron: ellos también querían su retrato. Aceptó, pero le salen en blanco y negro. El primer Pepe fue su padre.











