Rebeca Andrés: la veterinaria que aprendió a querer antes de saber hablar

Timidez fuera de la consulta, entrega absoluta dentro de ella: así es la veterinaria que Punta Umbría conoce desde niña
Rebeca en la recepción de Nexo Veterinarios, su clínica en Punta Umbría.

Por: Ana Hermida

Rebeca Andrés Alonso me recibe en su clínica con una gran sonrisa y un punto de timidez que no esperaba. Tras despedir a su último paciente, nos sentamos en su despacho con dos Coca-Colas Zero —ella tiene diabetes, y esta cronista también, así que el brindis fue casi automático— y la conversación fluyó como si nos conociéramos de toda la vida. Ella es buena conversadora, tranquila, dulce, con una paciencia que se intuye infinita, y un amor por los animales y la naturaleza que, según cuenta ella misma, lo ha aprendido desde la cuna.

Tiene 48 años, nació en Madrid y llegó a Punta Umbría con apenas tres, aunque no le hace falta pensarlo dos veces para decir que se siente de aquí. Sus padres, Fausto y Mercedes, también madrileños, se trajeron consigo dos cosas que marcarían la vida de su hija sin que ella pudiera evitarlo: la profesión de su padre, veterinario, y la pasión de su madre, bióloga, por las plantas y la botánica. «Tenemos el pack completo en casa», resume con humor. En su infancia no había domingo sin ruta de senderismo, sin bicicleta, sin prismáticos en la marisma para ver pájaros mientras su padre iba nombrando cada especie que se cruzaba y su madre cada planta. Tiene un hermano mayor, Miguel, ingeniero de telecomunicaciones al que le apasionan los deportes acuáticos —»es medio pez», dice ella—, y que, aunque también ama la naturaleza, tomó un camino bien distinto al suyo.

La vocación de Rebeca, en cambio, nunca tuvo mucho misterio: viene directamente de casa. Su padre, ya jubilado, ejercía como veterinario en la misma clínica de Punta Umbría que ella regenta hoy. Rebeca pasó allí un sinfín de horas de pequeña, en un espacio que para ella nunca fue extraño, sino el más natural del mundo. No lo recuerda ella misma, pero sus padres se lo han contado tantas veces que ya forma parte del anecdotario familiar: si iban a tomarse un helado a la plaza tras acabar la jornada laboral y por el camino se cruzaban con un perro, Rebeca se acercaba con intención de compartir su propio helado con el animal. No se lo pensaba. Sus padres tenían que vigilarla con mil ojos, porque en cuanto veía cualquier bichito, iba derecha hacia él.

Estudió la carrera en Córdoba, y pasó una larga estancia en Italia con una beca Erasmus. Después dedicó un tiempo a formarse por distintos puntos de España, buscando prácticas en los campos que más le interesaban, como los animales exóticos. Se define como una persona positiva y tímida, aunque reconoce, entre risas, que quien la ve en consulta rara vez lo diría: dentro de esas paredes está en su zona de confort, y la timidez se disuelve casi por completo.

Sabía cómo era el oficio antes de ejercerlo, porque había visto a sus padres esforzarse toda la vida —su madre trabajaba también en la clínica—, pero admite que una cosa es verlo y otra muy distinta vivirlo en primera persona. Su jornada es partida, de diez a dos y de cinco a ocho, y durante años compaginó su jornada partida con las urgencias que compartía con su compañero del centro hermano en Huelva. Recientemente han llegado a un acuerdo para derivarlas a un hospital veterinario de guardia 24 horas. Recuerda con una mezcla de ternura y cansancio alguna que otra guardia en la que se tuvo que salir de casa de madrugada y llevarse a sus propios hijos a la clínica: uno de bebé en el carrito, el otro, un poco mayor, dormido sobre un cojín en la clínica, mientras ella atendía lo que hiciera falta. «Eso no era vida para mi gente, ni tampoco para mí. Me vi obligada a tomar decisiones», resume, con esa serenidad de quien ya ha hecho las paces con sus propias renuncias.

Es autónoma, y no esconde lo duro que resulta serlo en España: los impuestos y las cargas hacen que los beneficios «no den para mucho», y considera que el tejido de autónomos y pequeñas empresas —que sostiene buena parte de la economía del país— «está muy maltratado y merecería más mimo, porque animaría a mucha más gente a emprender». Se plantea a menudo si sería más feliz como asalariada, pero lo que la retiene, confiesa con una sonrisa, es el «romanticismo»: el vínculo con clientes de toda la vida, familias con las que ya lleva años de relación. También valora la flexibilidad que le da su condición de autónoma para adaptarse a cualquier imprevisto, y reconoce, feliz, que en un momento de necesidad extrema siempre puede llamar a su padre.

Por su consulta pasa todo tipo de «bichitos»: perros y gatos, sobre todo, pero también exóticos —pájaros, loros, canarios, roedores, conejos, monos tití, hasta serpientes—, aunque la normativa sobre exóticos se ha vuelto muy restrictiva últimamente y eso se ha notado en la menor afluencia. Entre sus anécdotas más llamativas guarda la de haber atendido hasta a un elefante de circo.

Hace visitas a domicilio en casos puntuales —personas mayores, perros grandes difíciles de trasladar, animales que se estresan mucho al salir de casa—, aunque prefiere reservar la clínica para cualquier caso con patología, donde puede ofrecer un servicio mejor.

Su animal preferido, en lo personal, es el gato: tiene varios en casa, y defiende su independencia y su carácter cariñoso, que contrasta con el prejuicio de que son ariscos. «Son lo más cariñoso del mundo», asegura. Son los primeros en recibirla al llegar a casa, «antes incluso que mi marido o mis hijos», cuenta riéndose. Los perros también le encantan, aunque ahora mismo no tiene ninguno por falta de tiempo; a lo largo de los años ha tenido tortugas, ninfas, hámsters y prácticamente de todo.

Lo que menos le gusta de su trabajo, sin duda, es el momento de poner fin a la vida de una mascota. Un trago difícil incluso sabiendo que se hace por el bien del animal, en el que procura no mostrar su propio dolor, convencida de que el protagonismo del duelo pertenece a la familia, no a ella: «yo estoy para ayudar, no para sumar dolor a la situación».

Y para que este artículo no se quede solo en lo solemne, hay que contar también su manía más simpática: no le gusta nada cortar las uñas a los animales —algo así como una dentera que se le nota en la cara nada más mencionarlo—, tarea que deriva siempre que puede en Raquel, su auxiliar de clínica, con la que comparte largas jornadas de trabajo desde hace años.

Reconoce que su trabajo tiene mucho de psicología: no solo trata al animal, sino que sostiene el estado de ánimo de quien lo trae. Cree firmemente en escuchar a las familias, porque son ellas quienes conviven con el animal y notan cuándo algo no va bien, aunque no sepan explicarlo con precisión —»si lo notas raro, algo tiene que haber ahí, y hay que explorar»—. Adapta su forma de comunicar según cada persona y sus circunstancias, apuesta con fuerza por la prevención desde que los animales son cachorros, y distingue con claridad entre las visitas alegres y las de patología, donde todo cambia: hay quien llega llorando, o demasiado afectado para entender bien lo que se le explica, por lo que siempre entrega la información por escrito y se ofrece a resolver dudas después.

Le apasiona también el tema conductual, aunque una consulta seria de comportamiento exige un tiempo que no siempre puede permitirse —la primera visita puede durar mínimo dos horas—, así que deriva esos casos a una compañera especializada, convencida de que ella les dedicará el tiempo que merece un asunto de vital importancia para la feliz convivencia con una mascota.

Como cualquier autónomo, también carga con la parte menos vocacional del oficio: la contabilidad, las finanzas, la eterna gestión trimestral de facturas, que lleva con la resignación tranquila de quien sabe que forma parte del paquete.

Rebeca, gestionando la parte menos vocacional de su trabajo: la administrativa.

Con la entrevista pensada para publicarse en pleno julio, cuando Punta Umbría se llena de veraneantes que llegan con sus mascotas, Rebeca no ha dudado en compartir sus consejos: avisar al veterinario habitual antes de viajar, porque en la zona hay enfermedades endémicas que conviene prevenir a tiempo; llevar el microchip en regla y alguna identificación con el teléfono, porque en un entorno desconocido las pérdidas son frecuentes; vigilar los golpes de calor, evitando la playa en las horas centrales del día y aprovechando mejor las mañanas, cuando el suelo está más fresco; proteger las almohadillas con cera especial; prestar atención a la arena, que muchos animales acaban comiendo y puede generar gastroenteritis; tener cuidado con los anzuelos en la orilla, que los perros suelen tragarse atraídos por los restos de carnaza; evitar cambios bruscos de dieta por olvidar el pienso habitual; y viajar siempre con el botiquín y la medicación, sobre todo en patologías crónicas.

De cara al futuro, le gustaría seguir en su misma clínica, mejorándola poco a poco para ofrecer más y mejores servicios, pero sin perder nunca su esencia de espacio familiar, donde los clientes sigan siendo amigos y no números. En lo personal, sus aficiones tienen ese mismo aire sencillo que la define: le encanta leer novela histórica, ciencia ficción y fantasía, aunque en esta etapa de su vida, la falta de tiempo la ha llevado a compartir con sus hijos, casi en exclusiva, la literatura infantil y cuando encuentra algún hueco para un libro propio, el sueño suele vencerla antes de leer la primera página. Le encanta también nadar, algo que sabe que le sienta bien y le relaja, aunque el ritmo de vida actual rara vez le deja tiempo para el agua.

Es consciente de que su diabetes, diagnosticada durante el embarazo de su primer hijo, no está todo lo controlada que debería, precisamente por el estrés y el ritmo que lleva, anteponiendo siempre el trabajo y a su familia a su propio cuidado. Lo reconoce con una honestidad que desarma: aconseja a sus clientes hábitos que a ella misma le cuesta aplicarse. «Consejos vendo que para mí no tengo», bromea, aunque matiza que en la parte de la dieta sí se cuida, llevando meses centrada en mejorar ese aspecto. El ejercicio, en cambio, sigue siendo su asignatura pendiente: «una autónoma siempre tiene cosas pendientes. Mi clínica absorbe todo el tiempo que yo le quiera echar, y mucho más».

En lo más profundo, Rebeca es de las que entienden la felicidad como algo simple: sentirse bien junto a su familia, hacer más cosas con ellos, viajar cuando se puede, tener tiempo de calidad tanto con sus hijos como con su pareja. Es muy consciente de que el tiempo que pasa no vuelve, y por eso busca —no siempre con éxito, admite— ese equilibrio que le permita sentir que dedica suficiente atención a los suyos. Viaja siempre con ganas de empaparse de cada lugar: prueba la comida local, compra libros en el idioma original cuando lo entiende, prefiere la inmersión total a la foto de monumento en monumento. Cree que la verdadera energía está en las pequeñas cosas: una comida familiar, una escapada a Portugal, un día de playa sin más ambición que estar juntos.

Entre sus imprescindibles están su familia —padres, hermano, hijos— y su grupo de amigas, con las que se escapa una vez al año, solo chicas, tres o cuatro días que funcionan como un auténtico botón de reinicio; el último viaje fue a Irlanda. Este año todavía no han decidido destino, y con los vuelos por las nubes barajan algo más humilde, como Lisboa, aunque a Rebeca eso le preocupa lo justo: para ella, el con quién siempre pesará más que el dónde.

Se hace tarde, y Nexo la reclama de nuevo. Suena el timbre diez minutos antes de la hora de apertura. Rebeca se levanta, deja la Coca-Cola Zero a medio terminar y sonríe otra vez, esa misma sonrisa tímida con la que empezó todo. Fuera, ya hay alguien con cara de preocupación aguardando con su mascota en brazos. Rebeca respira hondo, abre la puerta y vuelve a entrar, dispuesta a hacer lo que mejor sabe hacer desde que era una niña que compartía su helado con cualquier perro que se cruzara en su camino: querer sin condiciones, y cuidar de quien no puede pedirlo con palabras, aunque eso signifique, una tarde tras otra, dejar su Coca-Cola Zero a medias.

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