El pueblo que un 3 de agosto se echó a la mar para cambiar el mundo

Se cumplen 534 años de la partida de las naves descubridoras desde el puerto palermo, una gesta imposible sin los Pinzón, sus marineros y el impulso de La Rábida

Antes de que América existiera en los mapas, existió una madrugada en Palos de la Frontera. La del 3 de agosto de 1492, cuando tres embarcaciones soltaron amarras en el puerto palermo, a orillas del Tinto, y pusieron rumbo a lo desconocido. De aquel muelle, hoy junto a La Fontanilla, salió la aventura que cambiaría la historia del mundo. Y salió de aquí no por casualidad: Palos de la Frontera puso el puerto, puso las naves y, sobre todo, puso a los hombres.

Porque la gran empresa estuvo a punto de no encontrar quien la tripulara. Cuando ningún marinero quería embarcarse con aquel genovés desconocido, fue el prestigio de los Pinzón el que convenció a la marinería de toda la comarca. Martín Alonso Pinzón, al mando de la Pinta, y su hermano Vicente Yáñez, capitán de la Niña, arrastraron tras de sí a los mejores hombres de mar de la villa. No en vano, frente a la iglesia de San Jorge, un monolito recuerda todavía los nombres de los marineros de Palos que se jugaron la vida en aquel viaje.

También fue palermo el escenario de los últimos pasos en tierra. En la plaza de esa misma iglesia de San Jorge se leyó, en mayo de 1492, la Real Provisión que ordenaba a los vecinos entregar dos carabelas a Colón y enrolar a sus marinos. Y fue por la Puerta de los Novios de San Jorge por donde salieron el almirante, los Pinzón y la tripulación, tras rezar y recibir los sacramentos, camino de las naves. Antes de partir, se abastecieron de agua en La Fontanilla, la vieja fuente mudéjar que aún hoy sigue en pie a las afueras del pueblo, como testigo mudo de aquella jornada.

Nada de esto habría sido posible sin el Monasterio de La Rábida, refugio de Colón cuando su ánimo desfallecía. Fueron los franciscanos rabideños quienes le abrieron las puertas, intercedieron por él en la Corte y lo pusieron en contacto con los marinos palermos. Por eso, 534 años después, honrar aquella efeméride es honrar a un pueblo entero de mar: no la de un genovés que pasaba por aquí, sino la de Palos de la Frontera, la tierra sin la cual la historia se habría escrito de otra manera.

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