La carabela que Moguer construyó para cambiar el mundo

Se cumplen 534 años de la partida de las naves descubridoras desde Palos, una gesta imposible sin los astilleros, los armadores y los marineros que puso Moguer

Antes de que existiera América en los mapas, existió un astillero a orillas del Tinto. Allí, en 1488 y por encargo del armador moguereño Juan Niño, se botó una carabela que nació con nombre de convento —Santa Clara— y pasó a la historia con el apellido de su dueño: la Niña. Cuando la madrugada del 3 de agosto de 1492 tres embarcaciones zarparon del vecino puerto de Palos rumbo a lo desconocido, una de ellas era hija de estos astilleros y de estas manos. Moguer no vio zarpar la aventura desde la barrera: había construido una de las naves y había puesto a buena parte de su tripulación.

La ciudad aportó la madera, pero sobre todo aportó a los hombres. Mientras ningún marinero quería embarcarse con aquel genovés desconocido, fue el prestigio de los Pinzón de Palos y de los Niño de Moguer el que convenció a la marinería de la comarca. De esta tierra salió Pedro Alonso Niño, piloto mayor de la expedición, embarcado en la Santa María; y con él sus hermanos Juan y Francisco, dueño el primero de esa carabela que acabaría siendo, tras el naufragio de la nao capitana, la nave en la que Colón regresó a casa. La pequeña Niña, la que había nacido en el Tinto, fue la que trajo de vuelta la noticia que cambió el mundo.

Y hubo una promesa. En febrero de 1493, cuando una tempestad estuvo a punto de tragarse la Niña frente a las Azores, la tripulación hizo un voto: si sobrevivían, pasarían una noche en vela orando ante el altar de Santa Clara de Moguer. La suerte quiso que fuera el propio Colón el elegido. Por eso, la madrugada del 15 al 16 de marzo de 1493, el descubridor cumplió su palabra en el monasterio moguereño, cuya abadesa, Inés Enríquez, tía del rey Fernando el Católico, había sido pieza clave para que la Corona diera el sí a la empresa. Aquella primera noche de Colón en tierra tras el viaje se cumplió en Moguer. Es la misma efeméride que ahora, 534 años después de la partida, la ciudad honra junto a la Real Sociedad Colombina Onubense: no la de un genovés que pasaba por aquí, sino la de un pueblo entero de mar sin el cual la historia se habría escrito de otra manera.

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