La Casa Museo Zenobia-Juan Ramón Jiménez acoge hasta el 27 de septiembre ‘La luz con el Tiempo Dentro’, exposición de David Pavo en el marco del encuentro poético Voces del Extremo 2025. La muestra reúne cinco esculturas en cemento, concebidas desde un enfoque experimental en torno al espacio, el tiempo y la forma esférica. Completan la propuesta varios collages, un relato titulado Mañana Pigmalión, y textos de Antonio Orihuela y Miguel Pedroza. Inspirada por la obra de Juan Ramón Jiménez, la exposición toma su título de un verso del poema Cuando yo era el niñodiós. El artista reflexiona aquí sobre materia, tránsito y creación como experiencia poética.
La Casa Museo Zenobia-Juan Ramón Jiménez tiene una carga simbólica fuerte. ¿Qué ha supuesto para ti presentar obra contemporánea en un espacio tan literario?
Exponer en un espacio ajeno al circuito habitual, como pueden ser galerías o centros culturales, implica desafíos. Pero eso fue justamente lo que me atrajo: intervenir un lugar no concebido para el arte contemporáneo, al margen de lo convencional, como es el espíritu de Voces del Extremo.
Elegí el corral de la Casa Museo por su distribución, los accesos y el encanto de su arquitectura popular. Su fuerte presencia material y simbólica exigía atención; todo adquiere una carga que puede imponerse sobre la obra. Aun así, quise asumir ese riesgo. Exponer en el establo de Platero fue una experiencia intensa, tanto por lo que representa como por la responsabilidad que implica. Durante el proceso llegué a temer que mis esculturas, aunque abstractas, se percibieran como demasiado figurativas. Pero, una vez instaladas en ese contexto modernista y poético, me parecieron aún más abstractas. Traté de integrarlas en un espacio que es también de tránsito, como si la obra formara parte de una caminata reflexiva.
¿Dónde encontraste la inspiración para crear esta colección?
La muestra incluye cinco esculturas en cemento, ocho collages, una pequeña pieza en barro gris con chamota y un libro. Al escoger el corral como espacio expositivo, el cemento se volvió una elección casi obligada. No quise ignorar el entorno; más bien busqué que la obra se articulara con él. Pero tampoco renuncié a mi línea de experimentación escultórica, que vengo desarrollando desde hace años.
Algunas piezas son de 2023, otras ampliadas en 2025, y varias creadas específicamente para esta exposición. Toda la serie nace de la voluntad de experimentar dentro de un contexto concreto, sin someterse completamente a él.
¿Cómo crees que Juan Ramón Jiménez, su poesía y su Moguer natal han influido en la exposición?
Durante mis estudios en Bellas Artes, un profesor, Xabier Laka, me recomendó leer ‘Espacio’ y ‘Tiempo’ de Juan Ramón Jiménez. Esos textos me marcaron, y los volví a revisar para esta exposición. También pregunté a Antonio Orihuela por las obras más representativas del poeta, y coincidió en señalar esas dos.
La escultura no puede desligarse del espacio y del tiempo. En algún momento pensé en titular la muestra ‘Espacio y Tiempo’, pero lo descarté por exceso de pretensión. La historia de Marga Gil, escultora vinculada a Juan Ramón que se suicidó muy joven, también me conmovió. Me sentí conectado con ella, con lo que pudo haber sido su desarrollo artístico. Necesitaba rendirle homenaje.
Asimismo, la figura de Tagore apareció en el proceso, a través de Zenobia Camprubí, su traductora. Hice una ‘Cabeza de Tagore’ como síntesis geométrica y homenaje indirecto a Zenobia. Curiosamente, después descubrí que en la India natal de Tagore existen unas rocas de azúcar llamadas mishri que se parecen formalmente a esa cabeza escultórica.
El título de la exposición, La luz con el Tiempo dentro, es un verso muy presente en mi memoria desde la adolescencia. Modifiqué la ‘t’ minúscula por una mayúscula en ‘Tiempo’, por la carga que tiene para mí ese concepto. También recordé que ‘Piedra y cielo’, otro título que valoré, es el nombre de una película de Víctor Erice dedicada a una estela de Jorge Oteiza. Todo se entrelazaba. El universo de Juan Ramón me condicionó, pero no quise que opacara mi propia voz.
¿Por qué usaste el cemento como material?
El cemento era necesario por ser una exposición al aire libre. Lo había trabajado antes, pero solo en piezas pequeñas. Esta es la primera vez que lo empleo en formatos grandes y desde un enfoque más directo, casi intuitivo. Empecé modelando, pero la resistencia del material me llevó a tallar, a improvisar con lo que el tiempo permitía. Cada pieza pesa entre 20 y 50 kilos. El trabajo físico fue considerable.
Durante el proceso, el vínculo entre cuerpo y materia fue muy potente. Al mover las piezas contra mi pecho, encontraba una especie de ajuste ergonómico. Sentí que la obra y yo éramos lo mismo por un instante. Luego, cuando la escultura está terminada, se emancipa. Ya no te necesita, y tú tampoco a ella. La obra se convierte en otra cosa: un resto de ese encuentro.
Le pedí a Antonio Orihuela un texto para acompañar la exposición, que tituló Una poética de los escombros. Allí habla de cómo el cemento, material de ruina y reconstrucción, dialoga con las imágenes bélicas cotidianas. Miguel Pedroza también escribió Colusión de esferas, fruto de nuestras conversaciones en el taller. Ambos textos enriquecen la muestra.
Tus esculturas dialogan con el tiempo y el espacio. ¿Cómo abordas estos conceptos desde la materia?
Espacio y tiempo son condiciones fundamentales de la escultura. Me interesa su dimensión cosmológica: los agujeros negros, las singularidades, lo que escapa a nuestra percepción cotidiana. Mi búsqueda tiene que ver con eso: con lo que no podemos representar fácilmente. No se trata solo de hacer escultura, sino de explorar qué puede ser una estatua hoy.
Trabajo desde la conciencia de que estamos limitados a tres dimensiones, mientras la astrofísica habla de muchas más, algunas aún sin nombre. Ese desajuste me empuja a experimentar. En la serie Intersticios espacio-temporales por colisión de esferas, intento rescatar los vacíos que se generan entre formas que se rozan. Esos espacios residuales los convierto en masa escultórica, como si dieran lugar a una nueva forma de habitar el tiempo y el espacio.
En una serie posterior, Desplazamientos espacio-temporales, hago que ese flujo recorra toda la obra, sin interrupción. Es parte de un programa experimental mayor que quiero desarrollar a lo largo del tiempo: construir una narración escultórica que sea también una cosmogonía personal. En ese camino me han influido mucho dos obras literarias: Fausto de Pessoa y Unidad del mundo de José Antonio Cáceres.
¿Qué papel juega la poesía en esta exposición?
Aunque no haya poesía en el sentido literal, todo el contexto, la Casa Museo, Orihuela, Voces del Extremo, la ha impregnado. En ese entorno, sentí por primera vez que la escultura podía ser también poesía. Los collages, incluso mis textos, están atravesados por una mirada escultórica.
Las piezas no buscan imponerse. Se ofrecen como presencia. Recuerdo que una de ellas sentí que debía ir junto a la puerta por donde pasan los poetas durante las lecturas. La coloqué allí casi como un gesto de respeto hacia ellos.
El relato ‘Mañana Pigmalión’ acompaña la muestra. ¿Cómo se relaciona la escritura con tu trabajo escultórico? ¿Qué papel tiene la ficción en tu práctica artística?
Convivo con la escritura y la escultura como dos formas distintas pero complementarias de creación. Aunque nunca me he considerado escritor, escribir ha sido siempre un impulso fuerte en mí. El relato Mañana Pigmalión surgió como una forma de explorar desde la ficción aspectos profundos de mi labor como escultor. Retomé el mito de Pigmalión para hablar, en el fondo, de mí mismo, de la soledad del taller, de la obsesión por crear algo que tenga vida propia. El texto actúa como un autorretrato encubierto, con un tono simple pero lleno de referentes que me han influido. Me pareció coherente incluirlo en la exposición porque también habla de esa lucha íntima por dar forma y sentido, sea con palabras o con materia.
¿Qué ha supuesto para ti la realización de esta exposición?
Ha sido un desafío en muchos niveles. Hacía once años que no realizaba una exposición individual, y me cuesta exponerme, pero comprendí que era necesario. Mi lugar de verdad es el taller, donde el proceso, con sus aciertos y fracasos, me hace sentir vivo. La exposición me ha obligado a dar un paso más allá: sacar lo íntimo, lo político-emocional, a la mirada del otro. Las piezas nacen en formatos mínimos y esta muestra ha supuesto trasladar esa intensidad a un formato mayor, con todo lo que ello implica también en términos físicos y logísticos. Gracias al apoyo de dos personas cercanas pude resolverlo, y eso me ha hecho avanzar. Ahora sé mejor cómo quiero enfrentar futuras obras.
¿Qué te gustaría que se llevara el espectador que visite la muestra? ¿Hay alguna emoción o idea clave que quieras que quede resonando después?
No tengo una expectativa fija. El arte, en sí, es una pregunta sin respuesta cerrada. Pero si algo me conmovió fue ver a una niña detenerse con asombro ante las esculturas. Ese gesto, esa curiosidad, me pareció una pequeña señal de que el mundo aún puede transformarse. Eso es, para mí, lo verdaderamente político del arte: su capacidad de alterar la mirada, de producir una experiencia estética que interpele sin imponer. Más allá de discursos ideológicos, el artista tiene una tarea ineludible: crear. Si consigo que alguien se detenga a mirar de otro modo, la obra ya habrá hecho su trabajo.










