‘Juanito Pinzón’ lleva más de 20 años al frente del Centro de Participación Activa de Moguer, dedicado a hacer del hogar del pensionista una segunda casa para el desarrollo personal de más de dos mil mayores
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Por: Ana Hermida
Justo enfrente del Ayuntamiento, en uno de los enclaves más privilegiados de Moguer, se levanta un edificio que parece un palacio y que, en realidad, lo es. No por su arquitectura —que también— sino por todo lo que sucede dentro.

El Centro de Participación Activa de Moguer, el antiguo Hogar del Pensionista Andaluz Universal, es hoy una segunda casa para miles de mayores. Y al frente de todo está Juan Garrido Pinzón, o ‘Juanito Pinzón’ como todos cariñosamente lo suelen llamar…
Juan tiene 81 años, nació en Moguer y nunca ha vivido en otro sitio. Toda su vida está aquí. Dice que es bajito, que ronda el metro sesenta, pero basta pasar unos minutos con él para entender que la estatura no tiene nada que ver con la grandeza. Risueño, inquieto, hiperactivo, sensible y con una energía contagiosa, Juan es de esas personas que llenan las estancias sin levantar la voz.
Lleva veinte años como presidente del hogar y no habla de cargo ni de responsabilidad: habla de compromiso. Y se le nota a la legua que es así como lo vive.
Una vida marcada por la música y la inquietud
Antes de llegar a presidir el CPA, Juan ya había vivido varias vidas en una. Fue barbero, músico y siempre tuvo un perfil empresarial, un perfil gestor. Durante cincuenta años formó parte de la Orquesta Barbacoa, una formación moguereña integrada por ocho músicos —seis hombres y dos mujeres— dedicada a la música popular y festiva de siempre. Juan tocaba el teclado, pero su papel iba mucho más allá del instrumento: estaba en todo. Era animador, motor y alma del grupo. El que marcaba el pulso de la fiesta y contagiaba alegría. Basta verlo hoy, dos décadas después, para entender que aquella chispa no se ha apagado. Simplemente cambió de escenario.
Con la orquesta recorrió medio mundo
Marruecos de arriba abajo —Tetuán, Tánger, Rabat, Casablanca, Marrakech, Agadir—, Portugal, el Algarve, las islas Azores… siempre actuando en grandes hoteles, siempre en movimiento. La pereza, en su diccionario, es una palabra que no existe.
La música le dio para vivir, aunque reconoce que no fue fácil. Con tres hijos y una economía basada en reinvertir constantemente, hubo épocas duras. Aun así, nunca dejó de crear ni de creer. Montó la primera sala de fiestas y la primera discoteca de Moguer, y más adelante fundó la Banda de Música Hermanos Niño, de la que sigue siendo director.
La música, en su casa, es casi un legado familiar: su hijo Juan Manuel imparte hoy las clases al alumnado de la banda.
Juan está casado con Lourdes, tiene tres hijos —Lourdes, Merchi y Juan Manuel— y seis nietos que son, sin discusión, su gran orgullo.
El corazón del CPA de Moguer
El CPA de Moguer cuenta actualmente con 2.385 socios. Hombres y mujeres casi al cincuenta por ciento, aunque Juan lo tiene claro: “ellas son, con diferencia, las más participativas”. Yoga, baile latino y de salón, talleres de memoria, manualidades, corte y confección, coro… la actividad es constante y muy diversa para dar cabida a todos los posibles intereses.

Para un pueblo como Moguer, el nivel de entretenimiento es excepcional. Se realizan, además de todas las actividades diarias, entre cinco y seis viajes al año, además de excursiones, talleres y actividades culturales que llenan la agenda del mayor durante todo el curso. Desde dentro lo dicen sin falsa modestia: “el CPA de Moguer es una referencia en la provincia”.
La cuota anual es de solo 10 euros, una cantidad simbólica destinada a cubrir pequeños gastos, comprar periódicos y mantener el día a día. “Aquí nadie se queda fuera por motivos económicos” dice su presidente. “Si alguien necesita entrar y no puede pagar, la puerta sigue abierta. Basta con hablar con Juan”, asegura Pepe, el secretario del CPA.
El centro abre prácticamente todo el año, con un horario amplio y pensado para la tranquilidad de los mayores. La cafetería funciona como punto de encuentro, y el edificio —de arriba abajo— está cuidado con un mimo que sorprende.
El respaldo municipal, clave del proyecto
Juan no duda cuando se le pregunta por los apoyos institucionales. “El Ayuntamiento de Moguer es el gran sostén del CPA” aclara. La colaboración es constante, fluida y eficaz. Todo lo que se plantea encuentra respuesta.
El actual emplazamiento del centro se consiguió hace siete años, ya con el mandato de Gustavo Cuéllar Cruz, y la comunicación es directa tanto con el alcalde como con la concejala responsable, Lourdes Garrido, “mi hija”, dice divertido el presidente. Una cercanía que facilita las cosas, pero que no explica por sí sola el éxito: si no funcionara, Juan lo tendría claro, “ya me habría marchado”.
Aquí todo se sostiene, básicamente, con el trabajo voluntario del equipo directivo y con la implicación municipal.
Una segunda casa contra la soledad
Para muchos mayores de Moguer, el CPA es algo más que un centro de actividades. Es una familia. Especialmente para quienes han enviudado o viven solos. Aquí encuentran conversación, rutinas, afecto y un motivo para salir de casa. Juan lo resume diciendo que “cuando alguien entra aquí, solo encuentra amabilidad”. Y eso, con la vida como está, es más que necesario.
Él mismo reconoce que estar activo le sirve de terapia. No duerme siesta, no va al gimnasio, pero camina, piensa, organiza, ensaya con el coro y no se queda quieto. El tiempo, dice, es su mayor limitación: “ojalá el día tuviera más horas…”
Los chatitos del mediodía
Si hay un momento sagrado en su día a día, llega a la una y media. Tras la mañana de gestiones, Juan se reúne con tres o cuatro amigos —compañeros también de la junta directiva del CPA— para tomar “unos chatitos de vino”. El eveento es en casa de un compañero: Joaquín Domínguez , el ‘Pilato’, que ejerce de anfitrión.
Allí, hasta las tres menos cuarto, se arreglan asuntos del centro, se comentan problemas pendientes y, entre conversación y conversación, se pone el mundo en orden con la ayuda justa del vino, que siempre ha tenido la virtud de volver a las personas un poco más lúcidas… o al menos más creativas.
El secretario del CPA, José Jiménez —Pepe para todos—, a quien según el propio presidente “lo tenemos demasiado explotado”, suele estar presente en casi todos esos encuentros. “Alguien tiene que dar fe de lo que allí se cuece y se decide”, apunta Juan entre risas. Ese rato de mediodía es su pequeño ritual: el cierre perfecto de la media jornada.

Carácter, humor y una chispa inconfundible
Juan se autodefine como un poco regañón, aunque quienes lo conocen de verdad coinciden en que es, ante todo, alegre y muy activo. Tiene un sentido del humor y una sensibilidad que desarma. Si alguna vez levanta la voz —incluso cuando lleva razón— luego reflexiona y no duda en pedir perdón. “Aquí nadie merece malos modos”, admite con un semblante excepcionalmente serio, impropio en él.
Su secretario, incondicional y cómplice, bromea asegurando que Juanito Pinzón es mundialmente conocido y que, junto a Juan Ramón Jiménez, es una de las personas más populares de Moguer. Incluso fantasea con levantarle un monumento a su lado, “que además saldría baratito porque Juan es bastante chiquitito”. Juan escucha la ocurrencia y se parte de risa. En el CPA, el humor aparece sin esfuerzo.

Juan no escribe, no pinta y no presume. Su arte ha sido siempre la música y el trato con la gente. Y con eso —sin necesidad de nada más— le ha bastado y le ha sobrado.
Vivir para que otros vivan mejor
Cuando se le pregunta por su mayor ilusión, no habla de sí mismo. Habla de sus hijos, de sus nietos, de verlos felices. De poco más. Juan Garrido Pinzón no busca reconocimiento. No necesita titulares. Pero basta recorrer el CPA de Moguer, ver la actividad diaria, la vida que se mueve dentro de ese palacete frente al Ayuntamiento, para entender que hay personas que sostienen pueblos enteros sin hacer ruido. Y Juan es una de ellas.








